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Un día en «el camino del Rocío»

Un día en "el Camino del Rocío" - El Rocío en Sevilla - ViajandoporSevilla.com

Un día en el camino del Rocío no es solo una caminata; es un ritual que sigue un ritmo casi sagrado, marcado por el sonido del tamboril, los horarios de las misas y la convivencia extrema. Para un peregrino que sale de Sevilla, la jornada suele estructurarse así:

1. El Alba y la «Misa de Romeros»

El día empieza muy temprano, antes de que salga el sol (sobre las 7:00 o 7:30 de la mañana).

  • El toque del alba: El tamborilero recorre el campamento despertando a los peregrinos.
  • Misa de Romeros: Se celebra la eucaristía ante el Simpecado (el estandarte que representa a la Virgen en la carreta). Es un momento de silencio y recogimiento absoluto en medio de la naturaleza, roto solo por los cantos del coro de la hermandad.
  • Desayuno: Café de pucherete, tostadas con aceite o dulces típicos antes de enganchar los bueyes y reemprender la marcha.

2. La Mañana: El caminar y la «Pará»

Es el momento del esfuerzo físico. Se camina por senderos de arena (como la Raya Real), rodeados de pinos y monte bajo.

  • El ambiente: No todo es fiesta; hay largos tramos de silencio, oración y conversación entre los peregrinos que caminan tras la carreta.
  • El Ángelus: A las 12:00 en punto, la hermandad se detiene. Todo el mundo se descubre (se quitan los sombreros), se reza el Ángelus y se canta la Salve. Es uno de los momentos más emocionantes del día.
  • El almuerzo: Sobre las 14:00 se hace la «pará de sesteo». Se desenganchan los animales para que descansen y los peregrinos sacan las mesas y sillas. Se comparten guisos, chacinas de la tierra y tortilla, todo acompañado de vino rebujito o manzanilla para combatir el calor.

3. La Tarde: Arena y Sol

Tras un par de horas de descanso (y quizás una breve siesta a la sombra de un pino), se retoma el camino.

  • En esta etapa es cuando se suelen vivir los hitos geográficos, como el cruce del Vado del Quema o la entrada en Villamanrique, donde la fatiga se olvida por la adrenalina del momento.
  • El sol de la tarde es el más duro, pero el ánimo sube porque se acerca el final de la etapa.

4. La Noche: El Rosario y la Convivencia

Al caer el sol, la hermandad llega al lugar de pernocta (como el Palacio del Rey). Se forma el «corral» con las carretas para proteger al Simpecado.

  • El Rosario: Por la noche, bajo las estrellas, se celebra el rezo del Santo Rosario. Los peregrinos caminan con velas siguiendo al Simpecado por el pinar. Es un momento místico y visualmente impresionante.
  • La cena y el cante: Después del deber religioso, llega el tiempo de la convivencia en las reuniones (grupos de amigos). Se encienden candelas, se cena y surgen los cantes por sevillanas, toques de guitarra y bailes hasta que el cuerpo aguante.

5. El Descanso

Finalmente, los peregrinos duermen en las carretas, en tiendas de campaña o simplemente al raso (el famoso «vivac») envueltos en mantas, para recuperar fuerzas antes de que el tamborilero vuelva a tocar al amanecer.

¿Y el camino de vuelta?

El camino de vuelta es, posiblemente, el secreto mejor guardado de los rocieros y, para muchos, la parte más auténtica y espiritual de la romería. Si la ida es expectativa, nervios y explosión de color, la vuelta es recogimiento, nostalgia y cansancio compartido.

Aquí te detallo cómo cambia la experiencia cuando los bueyes ya miran hacia Sevilla:

1. El cambio de «chip» emocional

El lunes por la mañana, tras la procesión de la Virgen por la aldea, las hermandades de Sevilla inician el regreso. El ambiente es radicalmente distinto:

  • La «resaca» emocional: Después de haber tenido a la Virgen cerca, el peregrino siente un vacío. Ya no se camina hacia Ella, sino que se lleva su recuerdo de vuelta a casa.
  • Silencio y reflexión: Hay mucho menos ruido. Ya no hay tantos visitantes «de fin de semana»; solo quedan los verdaderos hermanos que hacen el camino completo. Las conversaciones son más íntimas y pausadas.

2. El esfuerzo físico acumulado

Si a la ida la adrenalina te mantiene en pie, a la vuelta el cuerpo empieza a pasar factura:

  • La arena pesa más: Los caminos como la Raya Real parecen más largos. Los bueyes también están más cansados y el paso es más lento.
  • La estética se relaja: El polvo ya forma parte de la ropa y de la piel. Los trajes de flamenca y los de corto están marcados por la batalla del camino, lo que le da una pátina de autenticidad que no tiene la salida desde Sevilla.

3. Las paradas: Intimidad absoluta

A la vuelta, las paradas son mucho más tranquilas.

  • El reencuentro con los mismos sitios: Volver a pasar por el Palacio del Rey o el Vado del Quema en sentido contrario genera una sensación de cierre de ciclo.
  • La convivencia se estrecha: Al ser menos gente (muchos peregrinos se vuelven en coche tras la procesión), las «reuniones» se unen más. Se comparten las sobras de la comida, se cantan sevillanas más lentas y sentidas, y las noches alrededor de la candela son de pura hermandad.

4. La entrada en Sevilla: Un contraste brutal

El momento más impactante es cuando la hermandad sale de la naturaleza y vuelve a pisar el asfalto de la ciudad:

  • El ruido de la civilización: Pasar del silencio del Coto al tráfico de la ciudad es un choque sensorial.
  • La acogida del barrio: Cuando Triana cruza el puente o Sevilla entra por el Salvador el jueves o viernes después del Rocío, los barrios se vuelcan. La gente sale a recibir a los romeros, que llegan tostados por el sol y cubiertos de polvo del camino.
  • El final en la iglesia: El momento en que el Simpecado entra de nuevo en su templo y se canta la última Salve es de una intensidad increíble. Es una mezcla de alivio por haber llegado bien y de tristeza porque «ya se ha acabado».

Una curiosidad: Muchos rocieros veteranos dicen que el camino de vuelta es donde realmente se hacen los amigos de verdad y donde se tiene tiempo para rezar con calma, lejos del bullicio de la ida.

¿Te imaginas ese contraste de entrar en una Sevilla ruidosa después de haber pasado tres días en el silencio de Doñana?

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